Antz Me arranco el color de tu voz…
No habías oído hablar del matrimonio, sabias apenas de lo molesto de ese hilo de sangre que te corría por debajo de la falda; de aquella sensación que odiabas por los molestos moscos que voraces se te acercaban y pululaban entre las piernas, en busca de sangre facil. Como no odiar esos días en que eras tirada por el brazo para ir a trabajar con tu padre y tus hermanos a la milpa.
Mientras caminabas ibas apretando fuertemente las piernas hasta el cansancio, inútilmente tratando de evitar que manara de ti ese rÍo maldito de la menstruación que te llegaba hasta las piernas.
Entonces no tenías fortaleza para hacer escuchar tu voz, y ahora 50 años después, sigues sin tenerla!!
Ya vieja y con las canas que te crecen al ritmo de los recuerdos, se que maldices el momento aquel en el que te miró pasar por la calle, como siempre pensativa, silenciosa, con el pesado aire de la vida empujando tu mirada al suelo; maldices ese instante en el que decidió que serías de su propiedad, ese momento que precedió a los rituales, donde pasó a ser tu dueño.
Con 12 años, un día sin más, cargaste tus chamarros y pasaste a ocupar el mismo silencio en otra casa, como un mueble que se coloca descuidadamente entre el fogon y la cama.
Con esos mismos 12 años fuiste dolorosamente montada por primera vez, con el dolor a cuestas apenas alcanzaste a sofocar un gemido de sufrimiento profundo que te incitaba a dejarlo escapar. Silenciaste ese desgarramiento, igual que el sinfín de palabras que nunca supiste que tenías el derecho de decir.
¿Cuanto dolor has albergado en tu sexo? El mismo al que poco a poco acostumbraste a tu cuerpo a padecer, sin nunca acostumbrar a tu espíritu a soportarlo.
Fue así como un día descubriste que además de dolor, albergabas en tu vientre a un hijo, cómo se fortaleció entonces la idea de que ese hijo que esperabas no debería nacer con el sexo de la desesperanza, le repetías constante mente a la partera, con las únicas palabras que te atrevías a decir: ‘No nacera con el sexo del silencio, no nacera con el sexo del dolor’
Y tus palabras fueron escuchadas 3 veces, no pudiendo contener lo inevitable, pareciera que el tiempo se negaría a seguir siendo tu cómplice y así nací yo, con el sexo de la deseperanza.
Anciana bien sabes que fui parida sin más preámbulos, ni si quiera tuviste el derecho de recordar si hubo dolor o no, pues bien sabes que no se tiene el derecho de sentir dolor cuando no hay voz que lo nombre; sin embargo si articulaste en tu pensamiento el tamaño de mi desgracia de pies descalzos y manos quemadas para aprender el oficio de transformar la masa.
No tuviste ni siquiera el derecho de decidir como llamar a mi destino, y en manos de la abuela quedó la desición nombrarme Anita, no Ana, como si quisieran que me acompañara en la cabeza la idea de que nunca iba a tener el derecho de ser mayor de edad, de tener una voz con color propio.
Un días sin más decidi huir de la misma desdicha que te consumía y parti con las palabras tantos años silenciadas; combatia a cada paso contra el camino que se cerraba a mis pasos y que me repetia: ¡desde hoy se destejerá tu ventana!
Y se fue mi ventana, pero orgullosa digo que tres veces he sido prófuga del destino, y sigo caminando con las palabras cuidando mis andanzas.